Hoy, me asomó por la ventana y lo primero que observó es a una mujer y a su perro. El perro tira con fuerza hacia la derecha pero finalmente la dueña le obliga a ir por la izquierda. En esa continua y perpetua guerra se encuentran el corazón y la cabeza. La cabeza tira hacia un lado pero el corazón le obliga a ir hacia otro, junto a él, hasta que finalmente la cabeza se pierde y con ella nosotros.
Y es que el corazón es el musculo más fuerte de todos, el único capaz de sobrevivir fuera de nosotros, de seguir luchando, de seguir latiendo, el único que no acepta rendirse y el único que tan solo busca una victoria.
Desde nuestra más tierna infancia nos han hablado del corazón y nos lo han comparado siempre con el amor. Lo que no sabiamos en ese momento es que dentro de unos años pasaríamos por tres fases: en la primera de ellas se nos rompería el corazón, en la segunda nos latiría más fuerte y en la tercera y última se nos congelaría durante un momento y con él, el tiempo.
Viviendo en la inopia y en la inocencia, dibujábamos el corazón como dos corrientes muy fuertes que finalmente acaban unidas, formando así un gracioso simbolo, el cuál nos persiguiría a lo largo de nuestra vida, a pesar de que más tarde comprobaríamos que en realidad el corazón tiene las dimensiones de un puño, es alargado y mucho más complicado de lo que en realidad parece.
Pero es el corazón...el musculo del que todo el mundo habla, el que aparece en todas las canciones, el que los poetas nombran sin cesar, el que los enamorados regalan, por el que los desafortunados lloran, y por el que muchos luchan.
Y es el corazón... el rojo que palpita sin cesar, que nos ruboriza, que nos hace perder la razón, el que nos lleva a rozar la locura e incluso a meternos en ella.... y es que él puede con nosotros... Por algo se considera el organo más fuerte, ¿no?
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